Desarmar el Guernica

Toma de tierras en Guernica, cabecera de la localidad Presidente Perón, Provincia de Buenos Aires. Más de 2 mil personas ocupando 90 hectáreas, un tercio oriundas de allí, el resto llegadas desde municipios cercanos. Una ministra de Seguridad de la Nación que atribuye un conflicto que tiene más de 60 días al “déficit habitacional” y que reclama “políticas de anticipo”, y su par bonaerense que le responde que las tomas son un “delito penal” y que la responsabilidad del gobierno es proteger la propiedad privada consagrada en la Constitución, ergo, “proceder al desalojo”. Mientras tanto, el ministro de Desarrollo de la Comunidad de la Provincia manda a hacer un censo en el lugar y ahí se abre la Caja de Pandora: familias estafadas, otras conscientes de su lucha, otras con promesas de la gestión anterior que se llevó el viento. Distintos relevamientos dan cuenta de 4300 hectáreas usurpadas en la PBA: terrenos que estaban destinados, en muchos casos, a una de las dos puntas del desarrollo de infraestructura de vivienda y hábitat: barrios cerrados y viviendas sociales. Pero la toma de Guernica -bien podría ser la versión bonaerense de la pintura de Picasso- no es un caso aislado.

 

No es la primera vez, ni será la última, que hablemos de este asunto. Argentina tiene un grave problema demográfico: el 92% de su población es urbana; el 70% de la gente habita el 1,5% del suelo de la patria. Y acá tenemos un problema tremendo, porque vemos que un 25 o 30% de los argentinos no son dueños de la casa que habitan, y porque son millones los que no tienen cloacas, agua corriente, conexión de gas, electricidad. Ni hablemos de Internet. Son los argentinos y las argentinas del Siglo XIX, como ha dicho el ministro Arroyo. Hay que entender de una vez -a ver si ayuda, esta maldita pandemia- que se requiere un Estado que meta mano, con políticas públicas. Eso fue lo que hizo Alemania, siempre admirada por nuestra tilinguería, y hoy el 80% de su población vive en ciudades que tienen menos de 100 mil habitantes. “¡Sí, se puede!”, diría Mauricio, exultante.

 

Tampoco es la primera vez que hablamos del Movimiento Arraigo, una construcción política de Francisco “Paco” Durañona, senador provincial de la PBA, que lleva años fomentando la reorganización poblacional, productiva y económica de la Argentina, y la potenciación de 2.500 municipios como solución para el hacinamiento nacional. No, no formamos parte de ese armado, nada más le damos un lugar, como a todas las propuestas políticas que buscan pensar un país mejor.

 

Hace 10 días, Durañona participó de un webinar organizado por el Centro de Estudios Metropolitanos, que llevó el nombre de “Planificación territorial y el fenómeno metropolitano”. Ya el título solo da para pensar: planificar es lo opuesto a acumular per se. Muchos agitan el fantasma del Gosplán soviético, cuando se habla en estos términos, pero la realidad es que el país tuvo proyectos en base a esa palabra: el Ejército comandado por Julio Argentino Roca, por caso, planificó bastante su “conquista” de la Patagonia; los planes quinquenales de Perón, en la década del cincuenta, fueron otro intento de planificar la nación. Una cosa son los gustos y los disensos que pueda haber, otra cosa es el hecho de que todo país se funda en un plan. Es como cuando buscás un departamento para alquilar y medís espacios para ver si te entran los muebles. Si no te tomás ese trabajo y te ensartás, después probablemente tengas que reventar la tarjeta en muebles nuevos, porque resulta que tenés la biblioteca en el baño. Y eso es acumulación, que es el opuesto a la planificación.  

 

Y después tenemos el “fenómeno metropolitano”, que sería la descripción de esta Argentina macrocefálica, el AMBA como un país en sí mismo, y la explicación, también, de que un sachet de leche deba viajar mil kilómetros, y una lechuga 400, hasta llegar a la góndola. Incluso si hablamos de comercios que están a pocas cuadras de los lugares donde se produjeron. ¿Cómo es eso? Mirá: el productor local le vende al transportista, que se carga todo en el mionca y viaja durante horas, o un par de días, hasta el Mercado Central, en La Matanza, y desde ahí, el mismo producto puede ser adquirido por un almacén que está en la misma localidad del tambo donde se envasó esa leche, o del campo donde se cosechó esa planta de lechuga. Leelo dos veces, si querés, porque es demencial. Pero lamento decirte que es así como funciona.

 

Para Durañona, el problema viene desde que se traicionó el plan que tuvieron los fundadores de la patria. Puede que su prédica olvide a un tal Mitre, la Batalla de Pavón, la Generación del ‘80 con Roca a la cabeza, todos artífices de un Estado unitario para un país “federal”. Pero, el punto es otro: proponer el arraigo, como un federalismo del Siglo XXI, para que no sea el nuestro un país con municipios de 3 millones de habitantes y provincias de apenas 200 mil. Porque después nos encontramos con que ambos tienen la misma representación en el Senado Nacional, y ni hablemos de la otra cámara. Si se cumpliera, la representación fijada por la Constitución, más de la mitad de los diputados serían representantes de la Provincia de Buenos Aires.      

 

La ecuación de Arraigo es más bien sencilla: fortalecimiento de los gobiernos locales, una coparticipación que deje de ser discrecional, un Estado Nacional que desmonopolice la alimentación a través de una compañía pública, un proyecto fuerte de inversión pública -rutas, escuelas, hospitales, astilleros, puertos, etc.-, Universidades Nacionales potenciadas, tendido ferroviario. Y entonces sí, habrá incentivos reales y bien concretos, para que miles de familias emprendan un destino diferente, en otra de nuestras tantas geografías.

 

Días atrás, un lector nos advirtió que el paso previo, primordial, es frenar el éxodo de jóvenes que todos los años vienen desde el Interior y se instalan en las grandes ciudades. Es un planteo arduo, y en el mejor de los casos será una planificación que demandará mucho tiempo hasta que los frutos se empiecen a ver. Son más de 15 millones de personas, las que vivimos como hormigas en el AMBA. Pero vale la pena poner la mira ahí, y más en un tiempo como éste, que invita a pensar y convoca a transformar la importante, en vez de discutir pequeñeces. No precisamos recetas viejas ni importadas: nadie habla del gulag, de los kibutz ni de la Marcha al Campo de Mao. No serán las colonizaciones en Entre Ríos y Santa Fe como en las épocas de nuestros tatarabuelos, y tampoco la capital de Alfonsín en Viedma. Será el campo, serán pueblos del Interior o serán nuevas ciudades, otras, renovadas. Puede ser cualquier cosa, pero obligatoriamente tiene que ser algo: una patriada, una epopeya, una gesta que nos vuelva a enamorar, para que la noticia no sea que “se va del país” el imbécil que lo increpó a Robertito Funes, sino miles de familias argentinas diciendo: “Nos vamos al país”.

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