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Civilización versus barbarie: cliché de la política nacional

En medio de su alocución del último 11 de abril, a bordo de un escenario en la esquina porteña de Matheu e Hipólito Yrigoyen, rodeada de gente que a su vez era vigilada de cerca por una multitud de policías, la intendenta de La Matanza, Verónica Magario, hacía un alto y advertía lo siguiente: “Me dicen que la prensa está mostrando que acá hay escándalo, ¿ustedes saben de qué se trata?”. Al parecer, algunos medios de comunicación están tomando la mala costumbre de incitar al caos durante ciertas manifestaciones. Por caso, pronto se cumplirán dos meses de la marcha que organizó Hugo Moyano en la Avenida 9 de Julio, y seguramente todos recuerdan el audio de WhatsApp del Gaucho Hernández, que se coló aquella mañana y admitía la animosidad del trabajo que ejerce un sector mayoritario de la prensa: “Van a buscar chabones tomando cerveza y haciendo desorden”, dijo esa vez el periodista de América. Según el audio, había una orden de generar la ilusión de que los camioneros son todos borrachos, con el claro fin de desprestigiar la movilización. 

La reciente intervención del Partido Justicialista, luego de un sorpresivo fallo de la jueza Servini de Cubría, y la designación como interventor del gremialista Luis Barrionuevo, habilita un variopinto de análisis posibles, pero brinda una certeza: se está buscando reinstalar la barbarie peronista. ¿Por qué sino colocar en esa posición de mando a un hombre tristemente recordado por provocar la quema de urnas en la Provincia de Catamarca, allá por el año 2003? Un burócrata que no ha generado empatía siquiera con los trabajadores de su propio gremio, y menos aún con el pueblo en la calle. 

Genera poca sorpresa esta nueva estrategia de deslegitimación de las movilizaciones populares, en tiempos donde el sentimiento popular se mide en rating, seguidores de Twitter e historias de Instagram. Podría ser adjudicada a la paupérrima calidad del debate político actual, a la pulsión por destruir al otro para salvarse uno, o bien a la célebre grieta, este chivo expiatorio made in Argentina que sintetiza las flaquezas y frustraciones del quehacer nacional. 

Genera poca sorpresa porque es película repetida, porque es una escena que vuelve a rodarse cuando creíamos haber dado unos pasos adelante. La historia demuestra que esta es una construcción que tiene sus antecedentes. En el Siglo XIX, Domingo Faustino Sarmiento, figura importante de la historia nacional, recomienda a Mitre no ahorrar sangre de gaucho, “chusma criolla incivil, bárbara y ruda” que lo único de humano que tiene es precisamente la sangre. Esteban Echeverría, otro ilustrado intelectual, enemigo del rosismo, afirmaba sobre el caudillo que tenía un talento natural que consistía en “darle al vaso de caña y tirarse con cuchillos”. 

Más acá, ya en la década del 20, la oligarquía pampeana hablaba de la “chusma yrigoyenista” cuando se refería a los seguidores de la Unión Cívica Radical. El Padre del Aula, hacía escuela. Y ni hablar de los “cabecitas negra” de Perón, cuando el sector más recalcitrante de la Nación comentaba aquello del “aluvión zoológico” y se burlaba de los peronistas comparándolos con los teléfonos públicos, que en ese tiempo eran “negros y cuadrados”. 

Maristella Svampa es la autora de un libro que discute el gran axioma de Sarmiento, aquel de la civilización o la barbarie. Ella explica que la vieja proclama no había tenido nada de casual, y que aún hoy es naranja que sigue dando jugo a los poderes de turno. La grieta, el relato binario versión Siglo XXI, representa la amenaza de descomposición social, al mejor estilo diciembre de 2001. Pero la autora también deja entrever que hay una arista autorreferencial en el campo mismo de la “barbarie”, que funciona como la reafirmación criolla o autóctona de un “nosotros” como Pueblo, o la apropiación del sentido que ofrecía en su momento la palabra “descamisados”. 

La Semana Santa del ’87 culminó un domingo 19 de abril con el recordado deseo de “Felices Pascuas”, que marcaría el principio del fin del gobierno de Raúl Alfonsín. La convocatoria fue multipartidaria, y el peronismo dijo presente. Un peronismo de capa caída, plagado de rostros que evocaban a un pasado derrotista. Así y todo, las crónicas de aquella jornada recuerdan el cántico que entonaban las columnas mientras ingresaban a la Plaza, por Avenida de Mayo: “Todos nos dicen que somos negros de mierda, pero ahora nos vienen a buscar, porque la gente sabe que con diez mangos no se puede morfar”. Parecía que la defensa del país volvía a estar en manos de esos brutos que tenían en la piel las crisis económicas y que ya se habían aprendido las recetas sobre cómo enfrentarlas.

Un cliché es un lugar común, algo que se repite, no como secuencia sino como recurso. No es esa repetición automática y desconcertante del Día de la Marmota, el viejo film protagonizado por Bill Murray, sino una nube que de tanto en tanto vuelve a nublar el cielo de nuestra historia, sobre todo cuando el buen tiempo ya comienza a prolongarse. “Civilización o Barbarie” dice todos los días la tv, de muchas maneras distintas. Pero en ese lugar (in)cómodo también hacen nido los históricamente bastardeados, y a esta altura del partido pareciera que cualquier intento de construcción de una cultura nacional nacerá con el estigma.

La Vuelta del Malón, Ángel Della Valle