Canto de sirenas

A ver, rebobinemos la cinta un par de semanas y detengámonos justo ahí, cuando todo el mundo le saltó a la yugular al ex presidente Duhalde por haber insinuado la barbaridad que insinuó en un programa de televisión, acerca de la posibilidad certera de que un golpe anti-democrático se desprendiera de algún sector con poder. Todo muy lindo: la reacción en cadena dejándolo en orsai, como si de un marginal se tratara, y la defensa cerrada y unánime a favor de nuestro bendito sistema democrático. Mucho tweet y mucho documento solemne. Incluso el propio Duhalde, se vio obligado un par de días después a retractarse, con el pretexto de que esta pandemia nos está generando a todos algunos efectos indeseados, que incluso nos pueden jugar una mala pasada a la hora de las cosas que declaramos. Divino. ¡Pobre Duhalde! ¡Está medio gaga! Ahora bien: ¿podemos hacernos la pregunta que nos tenemos que hacer?

 

¡¿Qué mierda es lo que sabía Duhalde?!

 

Según se aclaró, en el transcurso de esa semana, esa data que tenía se la transmitió a Cristina Kirchner y el Ejecutivo Nacional enseguida mandó a chequear a través de su ministro de Defensa, a ver qué tal andaba todo, ahí en las Fuerzas Armadas. Y parece que andaba todo bien che, según dijeron después.

 

Bueno, no está todo bien. Y uno no sabe bien cómo expresarse frente a una situación como ésta, porque lo último que hay que hacer es ser funcional a la agitación de ciertos fantasmas. Y entonces, ¿qué?

 

Ciertamente no son asuntos a los que acceda la ciudadanía. El trasfondo de estas disputas de poder se supone que discurre en la órbita de la Inteligencia estatal y que se zanja en mesas de negociación que no están a la vista de ninguno de nosotros. Nunca de cara a la sociedad. Ahora, si uno de estos factores de poder, por caso la Policía Bonaerense, rompe este esquema silencioso y se coloca voluntariamente bajo el reflector de la opinión pública, como está ocurriendo con las protestas que siguen en pie, entonces ahí está pasando algo. Puede que sea un hecho político-extorsivo de relevancia, tratándose de una puja con las fuerzas de seguridad, y hay que estar atentos, para ver si esta situación logra destrabarse a tiempo.

 

Está claro que no depende exclusivamente del reflejo político, el hecho de que una protesta se destrabe y de que su negociación llegue a buen puerto. Quiero decir: una negociación requiere de todas las voluntades implicadas, para que no se rompa. Todos tenemos presente lo que ocurrió el año pasado en Bolivia y por estas horas se lo está recordando particularmente. Pero, no hace falta siquiera llegar a ese extremo, para graficar lo que estoy diciendo. Días atrás hablábamos de lo que pasó en el Congreso: Juntos por el Cambio primero se negó a habilitar el debate parlamentario vía remota, tal como venía ocurriendo; acto seguido, las autoridades del Congreso decidieron dar lugar y celebrar la sesión de manera presencial; frente a esto, lo que finalmente ocurrió fue que el bloque opositor se negó a ocupar su bancada y decidió que daría por inválido el debate posterior; mejor dicho: decidió mudar el terreno de ese debate, desde el Palacio Legislativo a sus canales de televisión.

 

Está claro, entonces, que la voluntad política de una parte es insuficiente para destrabar un conflicto, si en el otro rincón hay un sector que alardea poder pero que no sale a pelear el round. Que desoye la campana y se queda quieto, desafiante, haciendo sonar las sirenas. Si pasa eso, se rompen las reglas del juego, y entonces la cosa se empieza a poner espesa. Por ahí están esperando que la pava rompa en hervor, para saltar al cuadrilátero. Tal vez no estaba tan errado el pronóstico de Duhalde, y acá se está cocinando otra Bolivia.

 

Sin resistencia en la calle, con la mayoría del pueblo guardado en su casa para cuidarse de esta pandemia que nos azota, la cena parece estar servida para algunos pillos que viven agazapados en las sombras, pero que tienen cómplices por doquier. Nada de esto parece guardar relación con ninguna medida del Poder Ejecutivo. La semana pasada, en efecto, se anunció en la Quinta de Olivos la puesta en marcha de un plan integral para fortalecer las fuerzas de la Provincia de Buenos Aires: un plan que contempla la cuestión salarial de los agentes de la Bonaerense, y que incorpora no solo equipamiento y tecnología, sino miles de nuevos efectivos. No expondremos aquí nuestra postura en relación a la cuestión de fondo. Solo nos preguntamos: ¿está en condiciones el ministro de Seguridad de la Provincia, Sergio Berni, de alinear su tropa, para que le rinda lealtad al gobierno peronista y a la democracia argentina?

 

No tenemos elementos para conjeturar sobre lo que estamos viendo que ocurre en el terreno social y político. Solo nos acoplamos a la incertidumbre que esto produce, en una situación de por sí dramática, con un virus que no detiene su despliegue sobre todas las provincias. Se llama #SinGrieta esta columna, porque desde este espacio entendemos que la comprensión y la convivencia pacífica entre argentinos y argentinas es la mejor manera de preservar esta democracia. No es un asunto de coraje o cobardía; no va por ahí la cosa. Es cuestión de tratar de entender qué significa la democracia y qué sentido tiene en nuestra vida cotidiana. Si un día esto estalla por los aires, ese día nos vamos todos al descenso. Y ahí, recién ahí, vamos a saber lo que es parecernos a Venezuela.

 

Por ahora sigue habiendo sol en nuestra bandera. Cuidémosla. No hagamos que se nos nuble.

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