Campañas y Champañas

#Menem95
#MacriYaEstá

Pasaron 8.852 días. No, no somos Crónica anunciando impacientemente la llegada de la primavera. Es la distancia que nos separa de la jornada democrática que erigió a Carlos Saúl Menem, por segunda vez, en presidente de los argentinos y las argentinas. Fue el 14 de Mayo de 1995. 


Más del 80% del padrón y cerca de 8.700.000 votos (49%), para que la fórmula del riojano y Carlos Ruckauf fuera ratificada, triunfando frente a la sorpresa progresista de Octavio Bordón y Carlos “Chacho” Álvarez, que, con su Frente País Solidario, arrebataron el segundo puesto a la histórica lista 3 de la UCR y rondaron las 30 chirolas porcentuales. Aquella de 1995, significó la 23era elección presidencial, en una Argentina que, hasta entonces, llevaba un conteo de 13 sufragios arreglados, 3 condicionados por proscripción del partido mayoritario, y apenas 7 verdaderamente democráticos. Más importante que eso: era la primera vez que elegíamos presidente en sufragio directo, incluyendo un sistema de balotaje que no fue preciso usar. Se inauguraban los períodos de 4 años, en lugar de 6, y se daba pista a la figura del Jefe de Gabinete, una concesión que había sido hecha a Don Raúl Alfonsín.


¿Será ese 1995 un enigma, acaso un Aleph, de esta Argentina cambiemita? ¿Cómo puede ser confirmado alguien que condena al barro a su pueblo, como si se tratara de un rebaño de puercos, mientras un puñado de pícaros se alza con la tajada más grande? ¿Cómo puede ser que en estas tierras reelijamos el neoliberalismo? 


Las matemáticas nos permiten sumar los votos, pero no son útiles a la hora de definirlos. La realidad efectiva del primer menemato dista de los récords negativos que ostentamos en 2019: tomemos un aumento tarifario promedio de 550%, una devaluación del 400 e inflación acumulada del 250, y tenemos que aquellos años no habían sido tan crueles. Más allá de Disneylandia, de Ronald McDonald’s y el “voto cuota” de licuadoras, planchas y heladeras, Menem arregló la híper alfonsinista y sostuvo la tasa de desempleo en los 10 u 11 puntitos. En el ‘95 ya no pudo: el coletazo fuerte y seco del “Efecto Tequila” mexicano la había puesto otra vez cerca del 18%.


Detrás de los números, índices y de toda la cháchara, hay relatos, vidas y sueños; y también hay publicidad, mucha publicidad engañosa mostrándonos nuestras pasiones tristes, como dijo Spinoza. “Los argentinos juntos, somos imparables”, reza el slogan del cambio. “No detengamos el futuro”, decían ayer nomás, pero las hubo más fuertes: “Soy yo o el caos”, y el caos parecía desempeñarse de volante poli-funcional: hace 30 años fue el terror de la híper inflación, y más para acá mutó en el síntoma de la pesada herencia kirchnerista.   


Las publicidades noventosas no eran, contra lo que podríamos imaginar, el video de Vaca Muerta en crudo y sin sonido, ni un asfaltado seguido por el lema “haciendo lo que hay que hacer”. Ya había personas, relaciones, amistades y otras yerbas. En una de ellas, con música de resurgimiento y la leyenda “garantía de futuro”, una abuela le aseguraba a su nieta que “ahora es más fácil estudiar” y que Menem la conocía como nadie. En otra, un grupo de jóvenes, recién salidos del cine, van a morfar algo, y algunos de ellos quieren convencer al indeciso:

-   ¡No puedo creer que sigas dudando! La híper, ¿ya te olvidaste? ¿Y tu hermano, que ahora no va a tener que hacer la colimba?  

-   Ahora hay créditos. O vos, ¿cómo te compraste el departamento?

-   ¡El Efecto Tequila! Imaginate lo que sería esta crisis sin Menem, sin un plan económico, ¡sin la posibilidad de reelección! 

Enseguida se acerca el mozo, bandeja en mano, y se dirige al amigo que estaba siendo indagado: “El señor, ¿ya se decidió?”.

Y lo veíamos a Duhalde, también, en la pantalla chica, hablando loas de Carlos I de Anillaco, opinando sobre qué había que hacer para bajar la inflación, sobre cómo restablecer el crédito y modernizar el país. Y ahí estaba Palito, porque la fiesta menemista tuvo su música, que no fue Bach ni un jazz neoyorquino, sino pachanga nacional y popular, champagne y mucha farándula. Todo eso se congregaría el 14 de mayo de 1995, en el Patio de las Palmeras de Balcarce 50: no faltaron Coppola, Diegote y el “Mono” Navarro Montoya; también se la vio a Susana, degustando unos lomitos y bailando al ritmo de la época. Afuera, con la ñata contra el vidrio imaginario del jetset, unas 2 mil personas se acercaron a celebrar, a su modo. 

El Espert del tiempo aquel no fue otro que Aldo Rico, a bordo de su MODIN, prometiendo el fin de la convertibilidad y la creación de una Confederación de Estados Latinoamericanos. Por su parte, el oficialismo ya no prometía “salariazo y revolución productiva”, sino, como hoy, una tranquila y moderada invitación al conformismo de un presente deshilachado, acompañada por un ruego para que no volvamos a caer en el vicio y la decadencia. La temperatura electoral casi que nunca subió, aunque se vio sacudida por la muerte, aquel marzo, de Carlos Facundo, el primogénito de Menem, quién cayó de un helicóptero cuando sobrevolaba a baja altura entre Buenos Aires y Rosario. Sí, Menem despidió a su hijo en la víspera electoral. 


Dijo alguna vez Don Arturo Jauretche, discutiendo con los conservadores de su época, que el nacionalismo en que él creía se asemejaba al amor de un padre junto a la cuna de su hijo. El otro era más bien el llanto frente a la tumba del hijo, pues representaba a una Nación que había sido, pero que ya no existía más. Él, y sus compañeros que pensaban como él, afirmaban, en cambio, que la Patria “todavía está naciendo”.

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