Cabeza quemada

¡Hola! ¡Disculpame un momentito! ¿Sos porteño? ¿Sos porteña? Te molesto con dos preguntas nomás. ¿No te da la sensación de que no hay ninguna provincia de nuestro país que esté incendiándose? ¿No sentís que el asunto ese del Covid-19 ya fue y que acá estamos todos fenómeno? Si la respuesta es sí, marque el botón que dice “miro mucha televisión”. Si la respuesta es no, ¡atención! Podrías estar empatizando con lo que pasa más allá de la General Paz. ¡Felicitaciones!

Bueno, fuera de broma, venimos a darles una pésima noticia: la agenda de nuestros medios hegemónicos está en la luna de Valencia. Nos azota un problema ambiental de gran envergadura y apenas recuerdo haber visto que el domingo a la noche se habló un cachito de eso en un programa de televisión. No mucho más. Ayer a la tarde navegaba un toque por el portal de Pagina/12 y antes de encontrarme con algún rastro del incendio que ya tiene tomadas a 13 de nuestras provincias, me topé con este titular: “Un grupo de ecologistas reintroduce al demonio de Tasmania en Australia”. ¿No me creen? Miren que tengo pruebas, ¡ehh!

¿Saben qué es lo más triste del asunto? Que la cosa no acaba en el hecho de que los porteños somos una manga de capos que vivimos mirándonos el ombligo y a duras penas nos enteramos de lo que pasa en el resto del país. Eso sería malo, pero no tan malo. Peor todavía es que nuestros compatriotas jujeños, formoseños, fueguinos y neuquinos están tan desinformados como nosotros, ¡porque ellos consumen los mismos medios de comunicación que se hacen acá! Y esto no es de ahora. Esto ya era así cuando nuestros abuelos eran jóvenes y el único aparato que había en sus casas era una radio. Sabemos todos que la cosa funciona mal, ¿no? No me la doy de pensador de la argentinidad. Pero, lo que sí me llama la atención es cómo una sociedad puede naturalizar ciertas prácticas. Piénsenlo un segundo y díganme si no es una locura que una doña de Humahuaca encienda su televisor y se tenga que fumar las estupideces que se debaten en la Capital Federal. ¡Y ni hablemos del pronóstico del tiempo!

Y sí, son todas pálidas las que les traigo. Se nos prende fuego medio país; el coronavirus podrá estar aflojando en Buenos Aires pero sigue desatado en el resto de las provincias y sinceramente no sé bien cómo se la están arreglando en cada lugar, ¡porque los medios no nos informan! Y tampoco es que acá andamos fenómeno, por mucho que nos neguemos a verlo. Encima nos informamos como el ojete, y eso nos genera un nivel de estrés y de alienación que nos descompone como sociedad, y encima nos venimos a enterar que seguimos atragantados con los mismos problemas de siempre con el dólar poronga y esta economía colonizada que es la única mierda que conocemos porque nunca supimos construir una cultura propia que nos dé al menos la leve sensación de que somos capaces de tomar nuestras propias decisiones.

¿Y saben qué? Mejor la dejo acá porque me parece que estoy un poco enojado, y en la escuela de periodismo me dijeron que no es bueno ponerse a escribir cuando uno está enojado. ¡No me hagan hablar de esa escuela de periodismo! Que tengo para seguir pataleando dos páginas más. Hagamos así: nos calmamos todos, y en un par de días vamos a seguir escribiendo sobre estas cosas, con el aplomo que nos caracteriza. Se van a apagar nuestros incendios: no solo los reales, que la prensa porteña desdeña, sino también los narrativos, cuyo combustible tantas veces son esos mismos medios. No los quise arrastrar en mi desánimo. Es que de pronto sentí que me había salpicado la brasa de una metáfora. Pensemos. Pensemos cómo encendernos juntos, si hubiera que encenderse. Y pensemos cómo apagarnos juntos, cuando sintamos que nos estamos quemando.

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