Bendito país

El otro día, muchas y muchos de ustedes tuvieron la gentileza de participar de un debate cordial, a raíz de mi nota sobre la “amistad” entre Alberto Fernández y Rodríguez Larreta. Y me gustaría seguir con el asunto, porque, tener un debate cordial, en estos tiempos, me parece, al menos, una buena noticia. Es tan sencillo como eso, lo que le reclama a la política un sector de la sociedad, y lo que me atreví a expresar en esa columna. Que sean capaces, los representantes de las diversas expresiones partidarias de nuestro país, de sostener un diálogo franco sobre política, sin irse por las ramas, dejando de lado los dotes actorales y sobre todo el ansia de provocar, que los acerca más a nenes de primaria exaltados por el recreo que a hombres y mujeres que han sido convocados por el pueblo para que manifiesten y defiendan sus ideas.

Dirán que nuestro gobierno cumple con la parte que le toca, pero que es inútil pretender una actitud semejante de un sector opositor. De hecho, ayer nomás se produjo la última invitación oficial al diálogo, y todos hemos visto cual fue, otra vez, la respuesta. ¿Entonces qué? Bueno, entonces sigamos pensando.

Hay sectores que presionan públicamente, para desestabilizarnos como pueblo e imponer sus prácticas de violencia, y hay arañas que tejen desde las sombras la manta del quiebre social. Me han remarcado, los lectores, que no debemos pecar de inocentes, en tanto que algunas grietas son imposibles de cicatrizar. En principio coincido con esa apreciación. Lo que digo, eso sí, es que sería bueno debatir los matices de esa imposibilidad. Déjenme ponerlo así: Hay una porción de la sociedad -rondará entre el 10 y el 20 por cierto- con la que parece inviable acordar una convivencia pacífica, dado el nivel de agresión y de enajenación que los ha tomado de rehenes -fijémonos sino la marcha del último jueves-; ahora bien, si vamos a querer convencernos de que no podemos congeniar con la mitad de nuestros compatriotas, y que eso es definitivo, entonces tengamos cuidado, porque quizá los intolerantes terminemos siendo nosotros. Y no cuenten conmigo, ni con este espacio, para bajar una línea semejante.

Parémonos en la marcha opositora que se manifestó el 9 de Julio en la Ciudad de Buenos Aires y que engendró un espiral de violencia que es verdaderamente insostenible. Pensemos juntos: ¿cuál sería la consecuencia, si hubiera comparecido allí una banda de mil compañeros y, en su afán de defender el honor del gobierno peronista, los hubiera desalojado a la fuerza, poniendo un final abrupto a esa manifestación? ¿Qué estaría ocurriendo por estos días en la pantalla de todos los medios de comunicación y, más aún, que hubiera provocado eso en las filas opositoras? Otra vez: no es muy difícil la respuesta, ¿cierto? El gobierno de Alberto Fernández no hubiera sido precisamente el triunfador de esa riña callejera, en tanto que habríamos dilapidado de un plumazo las desavenencias en el seno de Juntos por el Cambio, porque sus dirigentes estarían envalentonados y más convencidos que nunca de la alianza que integran.

A veces, extremar los pensamientos nos pone los pies en la tierra, en esto de usar un poco más la cabeza y no irnos a morder el primer anzuelo que nos tiran.

Si un día nos encontrásemos con que se pudrió todo, con que la cosa se nos fue de las manos y está ocurriendo en las calles algo parecido a lo que acabo de plantear, bueno, sinceramente no sé qué podría venir a escribir, ese día. Supongo de hecho que no habría mucho para decir, en tanto que tampoco quedaría mucho para pensar. Ahora, mientras ese día no llegue, mientras abra los ojos a la mañana y vea que sigue teniendo arreglo este bendito país, seguiré escribiendo lo mismo, porque estoy convencido de esto. No soy un gil que quiere ir a tomar un té con masitas con personajes que no tienen arreglo. Pero soy un chabón que escuchó toda su vida a los Redondos, y ahí, en una de nuestras canciones más lindas, nos decían que “este asunto está ahora y para siempre en nuestras manos”. Y yo voy para adelante con esa certeza, con esa idea de que la cosa depende exclusivamente de nosotros. Entonces, vuelvo unos pasos atrás y reafirmo: no podemos esperar nada de ese sector de la sociedad que bien conocemos, es cierto, pero también es cierto que mucho deberíamos esperar de nosotros mismos, que se supone que estamos hechos de otra madera. ¿Qué gracia tiene sino, andar alardeando que somos diferentes, que vamos desde el amor y no sé qué, para terminar después reproduciendo las mismas prácticas que nos conducen a la ruina social?

Hay que parar la pelota con la suela del botín y levantar la cabeza, antes de meter un pelotazo a cualquier parte. Todos debiéramos tratar, porque acá no es cuestión de habilidosos. La mala hierba germina siempre, en el adoquín de las calles y en los pasillos de cualquier institución: es ruidosa y prende fácil, porque a muchos le conviene. A la inmensa mayoría, flaco favor le hace. Pero germina siempre, eso ponele la firma, y entonces vamos a tener que seguir pensando cómo nos vamos a plantar.

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