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#CarreraParaPocos

“La entrega es el domingo”, nos avisa la profesora, en el foro virtual de la Universidad Nacional de las Artes, y nos recomienda que “lo hagamos con tiempo”, para prevenir posibles problemas de conectividad, ya que “no se aceptarán parciales fuera de término”. Y a mí se me ocurren un montón de preguntas: ¿Cómo una podría prevenir un corte de luz en la zona, ponele? ¿Y qué sería esto de hacer un parcial “con tiempo”, si estás cursando seis materias a la vez y recibís todas las consignas en el transcurso de la misma semana? Porque, #épocadeparciales. Pero, lo que más me intriga de todo, es que muchos de mis compañeros no tienen acceso permanente a internet, y eso más la falta de empatía les hace imposible seguir el hilo de la cursada virtual. ¿Y entonces qué?

Ojo, que son los menos los docentes que se comportan así. Con el encierro obligatorio, tengo la impresión de que la mayoría de ellos ha empatizado más que nunca con sus estudiantes. Cada vez que nos juntamos en un Zoom, es habitual oírlos decir frases como “gracias por estar acá, esto es muy difícil para todos”. Hay, como nunca, una percepción común de que el sistema educativo no es simplemente un espacio donde el docente deposita en el alumno su extenso conocimiento, sino un esfuerzo conjunto hecho por toda la comunidad educativa. Hace unos meses, era impensado verlo así. Hecha la aclaración, me parece que el problema va más allá de una profesora ortiva en particular.

No me cuesta mucho repensar sobre los múltiples planes de estudio que he tenido el placer de conocer en detalle, ya sea por experiencia propia o por amigues que estudian en otras universidades públicas. No hay ahí, por lo general, un encuentro positivo. La regla es que son programas eternos, irrealizables en un sentido práctico. Cinco años, “que en verdad son ocho”, te tiran de entrada en las charlas de orientación. Y una se queda dura, haciendo cuentas y preguntándose cómo le va a explicar a sus padres que la van a tener que mantener unos nueve añitos más -al menos en el caso de la UBA, porque no nos olvidemos del CBC-. Esa es la condición básica para hacer una cursada universitaria a término, dejando de lado súper héroes y heroínas que hacen la carrera a rajatabla mientras laburan part-time y ayudan a sus padres a llevar el plato de comida a la mesa. La célebre historia de auto-superación.

Bajando al mundo real, podemos alcanzar algunas otras conclusiones, amén de los análisis que pueda hacer La Nación sobre la tasa de deserción universitaria, siempre de la mano de algún experto formado en Europa, que nos explica lo que gasta el Estado argentino para costear la educación de estos miles de vagues que cursan un cuatrimestre o dos, antes de abandonar, y que encima hablan en inclusivo.

Personalmente, después de toda una vida de educación pública y con algo de experiencia en la burocracia de la UBA, de todas maneras no pude evitar sorprenderme, cuando me inscribí para hacer mi primer cuatrimestre. La falta de oferta horaria era llamativa. Yo me había propuesto seguir el plan de estudios tanto como pudiera, pensando en meter la mayor cantidad de materias posible antes de que, inevitablemente, tuviera que empezar a trabajar. Pero, en ese primer cuatrimestre de 2018, de las ocho materias que tenía el ciclo troncal de la carrera, apenas se abrieron tres, y con una estrechez de horarios tal, que dos de ellas se superponían. Me di cuenta de que, si el problema era sistemático -mis compañeros me decían que pasaba lo mismo cada cuatrimestre-, me llevaría siete años, de mínima, poder completarla.

Tengo varios privilegios. Miren sino: he podido desde chica acceder a clases particulares para aprender dos idiomas, y a otros cursos privados que me ayudaron luego a ingresar a uno de los tres colegios secundarios que dependen de la UBA, cosa que me permitiría más tarde aprobar sin mayores problemas las materias del CBC. Esto, sin hablar del hecho de haber podido gozar del derecho elemental a tener una educación primaria y secundaria, porque, como bien sabemos, no todos pueden. Finalmente, lo dicho: que mis viejos me pueden hacer la segunda durante estos primeros años de la carrera que elegí hacer. Aun así, con todo el viento a favor, hubo planes de estudios que me resultaron imposibles de seguir. ¿Qué queda para los demás? Está claro que la UBA puede no tener un examen de ingreso, pero, a la larga, sus planes irrealizables son un filtro tan o más efectivo que aquel, y quizás menos honesto. El elitismo está a la orden del día. Y si la UBA sigue saliendo en la nómina de las mejores universidades del mundo, es por su gratuidad y la calidad académica, que efectivamente está.

Todo muy lindo, pero pongámonos a hablar en serio sobre el asunto de la accesibilidad.

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