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El amor, las mudanzas y algunas drogas

#ElDerroterodelDerrotado

Y entonces, la línea infinita de las casualidades decidió que me inviten a participar de este espacio. Y hay una modalidad que se me ha hecho costumbre últimamente, que es decir sí a las invitaciones extrañas. Y aquí estoy, en un espacio militante, con una mirada social, lleno de preguntas y opiniones que nos interpelan. Un espacio donde se intenta indagar para aquello de construir una patria más grande, inclusiva, igualitaria. Bah, eso creo yo, después de haber recorrido sus recovecos. Un refugio, como tantos otros, de contención frente a la bronca política desatada, y de comunidad, al margen de tanto aparato oscuro y represivo.


Nada puedo aportar en ese sentido. Pobres quienes busquen respuestas en mis palabras. Huyan. Para esas cosas hay gente más preparada, con conciencia y, sobre todo, con constancia. Conozco algunes que recorren escuelas, debaten en plenarios y salen a repartir folletos: todo en un día. Y que, de vuelta en sus casas, se ponen a tipear carteles que imprimirán a la mañana siguiente mientras programan por WhatsApp una reunión para quién sabe cuándo. Ellas y ellos le retrucan con ganas a esta aplanadora neoliberal que quiere hacernos un poco más pequeños cada día. Yo no. Soy malo para la militancia, para charlar con la gente, para buscar una mirada empática con el otro, para esas grandes reuniones, para entregar mi tiempo y esfuerzo a las causas nobles. Qué le voy a hacer. 


Este pretenderá ser un espacio de vuelo, de búsqueda y consuelo para los perdedores. Perdedoras no hay tantas, pero para ellas también será. Generalmente, encuentro algunas respuestas a medida que escribo, y esas me marcan el próximo renglón. Lo principal va a ser sacar el pie de apoyo como ejercicio sincero, como forma de descubrir el mundo. Andar rengos -y, si fuera posible, a ciegas-, trastabillar con cada paso y que nuestras huellas sean inconscientes, presentidas y deformes. Lo políticamente correcto, lo obvio, lo natural, lo triunfal, venga de donde venga, no es bienvenido aquí. Saludo a les que quieran subirse a este tren. Con elles, el diálogo será establecido.


Abrazaremos para eso mundos paranoicos. Veremos a los cuatro agentes de la AFI que están reunidos en una confitería de la calle Esmeralda, no importa cuándo leas esto. Quizá nos choquemos con el titular del diario que lee, mientras desayuna, el grandioso Héctor Magnetto, la figura más influyente y menos nombrada. ¿Por qué no hablar, entonces, de la tristeza en las miradas de la plaza, la proliferación de los ataques de pánico, la fidelidad de la masturbación, o una noche de vals tercermundista? Cosas grandiosas, serán abandonadas. Habilitaremos el nado de la angustia y la liberación del otoño. Atenderemos los intentos de suicidio de nuestras amistades. Abordaremos la crisis existencial de las abejas e indagaremos en los colores de un atardecer en San Cristóbal. Ni el triunfo ni el destino existen en nuestro plano físico, pero eso no quiere decir que no los deseemos en los otros. El único rumbo es el fin del mundo; pronto seremos el polvo que alguien estornude y vaya a habitar las estrellas.


Mi ansiedad no es poca. Lo nuevo promete lo extraordinario, igual que el amor, las mudanzas y algunas drogas. Y así, como embalando cajas, me anoto el deseo de escribir sobre esas utopías enfrentadas al mundo de lo posible, a la búsqueda peronista y a la hipótesis social que se basa en la contaminación del Riachuelo para decir que la democracia está caduca. Estará en juego el mayor de todos mis motores: la obsesión por la palabra libertad, por miedo al movimiento interior. ¿Qué pasa y dónde ir, si todo falla? Con un poco de suerte, mi respuesta será la escritura. 


Lo cursi es incómoda guía, y así empezamos a despedir el mundo. Un mundo que se definió liberal y ha decidido que no nos corresponde el mínimo de dignidad humana. Que para ser queridos, deseados o contratados, debemos disimular y disfrazarnos. Un mundo en que la intuición ya ha sido derrotada.