Amanece la calle

Una minga de más de 10 mil manifestantes llegó a Bogotá el domingo y permanecieron hasta hoy, para sumarse a un nuevo Paro Nacional convocado en Colombia por un colectivo cada vez más amplio y diverso, compuesto de trabajadores, trabajadoras, estudiantes, docentes, movimientos sociales, partidos políticos, hombres y mujeres de la cultura. Pueblo que decidió organizarse porque está cansado de que su vida sea regida por el terror, en ausencia total de reglas democráticas que ordenen la sociedad y generen las condiciones para que allí se pueda vivir una vida tranquila. A ese colectivo creciente se le sumó esta vez el componente indígena.

 

Lo que hay en Colombia no es un gobierno de gestos autoritarios, o que no responde frente a las demandas de las mayorías. No es un traspié político, quiero decir. Lo que hay es una historia de décadas y décadas de degradación de la humanidad, cuyas reglas las dictan sectores ligados al narcotráfico. Lo que hay es una sociedad inmensa, diversa, caminando a tientas, porque la estructura estatal no responde a los intereses de ninguno de esos colombianos y colombianas que salen a trabajar de día, que quieren ir a estudiar tranquilos de noche, que quieren sentirse libres en sus comunidades, que buscan ser útiles a su país porque allí nacieron y porque sienten cariño por su tierra igual que nosotros por la nuestra. Ninguno de ellos es cuidado ni guiado desde los espacios de poder, porque no existe allí una inclinación democrática sino una ambición enquistada y rendida frente a los negocios y las extorsiones de los reyes de la droga.

 

Desde aquí, es muy difícil sentir la profundidad de ese temor. Permítanme compartirles un informe publicado en el día de ayer por el sitio nodal.am. Si quieren, por supuesto, pueden profundizar en su lectura, pero se los comparto con la sola intención de que puedan ir hasta el fondo de la nota y observar el cuadro que contiene los crímenes políticos de este año, desde el 2 de enero hasta el día de ayer, cuando asesinaron a Gustavo Herrera, abogado y militante del espacio Colombia Humana. 236 hombres y mujeres, muertos por algo que no se llama democracia y ni siquiera sé si se llama dictadura. No es política, es otro juego, y en esa cancha tienen tomadas de rehén a 50 millones de personas.

 

Hay una esperanza, claro. Siempre la hay en América del Sur. Lo verán hoy, en esta protesta que está echando raíces para decirle basta al circo de poder que le hunde la cabeza en el fango a todos los colombianos. Y la historia será la misma de siempre: nada más hay que esperar que la gente se canse de vivir en soledad y empiece a organizarse en las calles como pueblo, para decir no va más. El despertar es siempre callejero: lo vemos en Chile, lo vemos en Colombia. La historia no será negra toda la vida y ninguno de nuestros pueblos nació para morir prisionero. Un día se libera. Y ese día está llegando.

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