A la ratonera

#PASO3/3

Esta historia, la tercera, arrancaba de otra manera, pero es imposible escribir algo en estos días y que se quede quieto al menos 48 horas. Cómo no decir que el escrutinio de PBA le terminó dando tres porotos más a Kicillof, porque resulta que el conteo del domingo se había hecho sobre la base de la ley nacional, en vez de la provincial. ¿Cómo es esto? La 14.086 de la Provincia de Buenos Aires tiene una diferencia respecto de la 26.571 del Congreso de la Nación: en territorio bonaerense, los votos se cuentan exactamente igual en agosto y en octubre, es decir, se consideran los positivos, válidamente emitidos, pero los blancos quedan afuera. A nivel nacional, esto ocurre recién en la primera vuelta. Smartmatic, la empresa de la discordia, lo hizo como quiso, y Cambiemos lo legitimó -¿permitió? ¿erró?-. Andá a saber.


Cómo no hablar de las dos caras geminianas del presi, que el lunes decía una cosa y el miércoles se arrepentía y decía otra, con las patologías propias de un marido golpeador que vuelve a casa con un chocolate después de habernos echado la culpa de todos sus males. Difícil anticipar cómo sigue este culebrón, pero, como leímos por ahí, al menos sabemos que a este violento ya le clavamos la perimetral. Lo que también está difícil es el Pacto de la Moncloa por el que clama la Patria Mediática, del que ya vamos a hablar. 


Dije que esta historia tenía otro arranque, otra introducción, algo que pasó el lunes a la noche, en la previa del fulbito: torneo cancha de 8, que abarca cuatro canchitas de la ciudad y se juega en césped con caucho, el de las pelotitas negras. Fulbito de los lunes que supo ser de los miércoles pero que en algún momento se ancló ahí, en el amanecer de la semana, y que, a esta altura de la vida, es como nafta premium. Entrar a las nueve y monedas a un vestuario vacío, en pleno invierno y con un tornillo que a más de une le haría tirar la toalla, ver cómo va cayendo gente al baile y que de pronto se llena como subte en hora pico. Las conversas se entrecruzan, empiezan y terminan en cualquier momento. “Mañana voy al local de Lomas”; “El proveedor no me entregó”; “Hay reunión la semana que viene con el supervisor”. Yo paro la oreja. Es un equipo de amigos del laburo, pero hay otro grupo más en el vestuario y las voces se acumulan. Estamos en el Parque Manuel Belgrano, ex Circuito KDT: si sos porteñe y te preciás de haber tenido una linda infancia, seguro anduviste por ahí, en bici o en rollers. 


Estábamos en eso y de golpe llega un grandote con la casaca de Sacachispas, desbordante de alegría: “Los matamos. Están muertos”. Y ahí mismo el lugar se transforma, y se empiezan a ver los personajes: el kirchnerista histórico, que nunca se movió un ápice de su posición; el racional, de voto económico, afín a Lavagna pero que cerró con Alberto; el que cambió en 2015 pero es buena gente y está defraudado y herido, y volvió a poner su voto en la otra orilla de las urnas. Todos, o prácticamente todos, votaron por Alberto. Alrededor de quince chabones en un vestuario de la City Porteña, y apenas si había algún guardadito, que no tuvo más remedio que quedarse en el molde. Los compañeros de laburo hablaban de las gastadas que se comió alguno en la oficina y de lo caliente que estaba por los resultados. Gente que en mi vida vi y que quizá nunca más me vuelva a cruzar. No es una básica, ni una mesita en la esquina un sábado a la mañana; no es una charla programada de vaya a saber qué, ni siquiera la sala de profesores, donde cada tanto algo de esto se da. La charla política se apodera con alegría del fulbito de los lunes, entre medias, vendas, botines y Rati Salil, porque si algo no había ahí eran adolescentes. Te juro que tuve la sensación de que nada, pero nada, podía salir mal. Bueno, al menos hasta que arrancó el partido: 0-5 final, pero, dejá, de fútbol mejor no hablemos. 


Llegué a casa, piqué algo rapidito -que ya eran más de las 12- y a la catrera. Antes de dormir, un rato de tv, como de costumbre. Y ahí, en la pantalla chica, me encuentro con el futuro diputado nacional por la Provincia de Buenos Aires, compañero Sergio Massa. Solito con su alma, en la mesa de galanes de Fantino -o de rufianes, usted dirá-. Le dan con un serrucho: que cuándo se van a hacer cargo del asunto, si casi son un gobierno electo, que las peleas con Cristina, que Venezuela, el FMI, que el cepo kirchnerista. Alguien dice que las PASO le hace perder tiempo y plata a la gente. Pero, ¿cómo? ¿No es que hubo récord de participación? ¿No que votaron 600 mil personas en blanco cuando antes superaba largo el millón? Y de pronto, la confesión, a tono con la de Majul -que no vio pasar a los elefantes del ajuste-: Fantino se pregunta qué pasará, si gana Alberto, con “nuestra corporación”. Usa esa palabra para hablar del periodismo. Googleá “corporación”: ahí nomás te salta la definición y eso te va a ayudar a entender esto que le preocupa al front-man de Animales Sueltos.   


Y está bien que lo diga, Fantino, porque efectivamente es así: ahí no se habla de los muchachos del fulbito; ahí se habla de los mercados y de unas cuantas gansadas más que no debieran cambiarle la vida a nadie. ¡Qué importa lo que diga Massa! Ahora, eso sí, de lo que andaban diciendo las encuestas, hasta la semana pasada, ¡horas de debate candente! Eso sí que era importante. ¡Parfavar! Y ahora tomate el palo, Fantino, y ahora tomateló. Yo me voy a dormir, que ya se hizo tarde y arranco temprano.  


Me voy a dormir y voy a soñar que la política, igual que la esperanza, vuelve a salir de la ratonera. “Ratonera” le dicen a ese rincón del arco que forman los ángulos inferiores -el izquierdo o el derecho, en este caso da igual-. “Donde tejen las arañas”, como decía Walter Nelson: si la bocha se cuela por la ratonera, es gol. Olvidate. Parece difícil, pero de alguna manera es sencillo. Como el partido del domingo, que pintaba trabado, engorroso, pero no lo fue: carne en familia al final del día, buen vino y abrazos, mientras la tv nos alcanzaba las buenas nuevas, que venían de todos los rincones del país. Y vos mirando la panza, donde está tu hija, y sintiendo que esa vida que está por llegar ahora va a estar mejor acompañada, en un país distinto. Porque Alberto definió a la ratonera, y fue gol. Y festejó el equipo más popular. El de la hinchada más grande.

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